" Supe, desde mis primeros lances en el terreno del amor, que muy pocas armas poseía para derribar los muros que me enclaustraban dentro mi propia mediocridad, lejos de las palabras y los gestos de aceptación. Descubrí que podía alcanzar cierto grado de empatía utilizando la lástima como herramienta de seducción.Sí,así como se oye de patético, pero lo cierto es que lograba -al menos- breves falacias teñidas de romance, pantomimas lastimeras que me proveían pequeñas dosis de afecto,las cuales me ayudaban a sobrellevar esta lúgubre existencia.
Vamos, que si el amor es un engaño compartido, no veía nada de malo en recurrir a un ardid tan lamentable para cargar mi copa vacía. Dicho así suena tan villanesco y reduce mi nivel de dignidad casi a cero, pero nada de eso me importa . Los besos cosechados con anécdotas humillantes; los abrazos de consuelo,hijos de unas lágrimas repentinas en medio de una borrachera...no me arrepiento de nada. Fueron mentiras que brillaron como soles cuando más solo me sentía. En momentos en que creía morir por dentro,esas manos tibias me acunaban,devolviéndome al mundo que siempre me ha despreciado.
Ese ha sido mi único modo de saltar por sobre mis propias posibilidades y sentirme amado, hasta que la conocí. Entendí que no bastaba persignarme ni descubrir mis heridas; no estaba satisfecho con las migajas esta vez,no. Deseaba ser amado como los demás,con sincero deseo,con ese impulso voraz y estúpido que a mí mismo me corroía. No bastaba la letra muerta, los mensajes en una pantalla antes de dormir, ni esos absurdos signos de aprobación a la distancia. No había cuerpo,ni calor, ni voz que me anesteciaran. Ya no más. Había un tic-tac rítmico marcando las horas, ajando las fechas del almanaque.
Vamos, que si el amor es un engaño compartido, no veía nada de malo en recurrir a un ardid tan lamentable para cargar mi copa vacía. Dicho así suena tan villanesco y reduce mi nivel de dignidad casi a cero, pero nada de eso me importa . Los besos cosechados con anécdotas humillantes; los abrazos de consuelo,hijos de unas lágrimas repentinas en medio de una borrachera...no me arrepiento de nada. Fueron mentiras que brillaron como soles cuando más solo me sentía. En momentos en que creía morir por dentro,esas manos tibias me acunaban,devolviéndome al mundo que siempre me ha despreciado.
Ese ha sido mi único modo de saltar por sobre mis propias posibilidades y sentirme amado, hasta que la conocí. Entendí que no bastaba persignarme ni descubrir mis heridas; no estaba satisfecho con las migajas esta vez,no. Deseaba ser amado como los demás,con sincero deseo,con ese impulso voraz y estúpido que a mí mismo me corroía. No bastaba la letra muerta, los mensajes en una pantalla antes de dormir, ni esos absurdos signos de aprobación a la distancia. No había cuerpo,ni calor, ni voz que me anesteciaran. Ya no más. Había un tic-tac rítmico marcando las horas, ajando las fechas del almanaque.
El joven Werther alguna vez sospechó que un último acto de cobardía podía llegar a conmover un corazón con las turbias aguas de la condescendencia, y pensé que quizás debía recorrer el mismo derrotero. No habría Goethe,ni pluma alguna para encontrarle un simbolismo a mi necio intento, no habría nada de eso,pero no hallaba mas respuesta que la de una despedida irreversible.
Sabe tan extraño cargar esa pieza de metal, ensamblando sus partes,cargando la recámara lentamente como en un juego infantil. Una sensación de montaña rusa suspendida sobre un gran abismo,sin segunda vuelta. Escuché por enésima vez su último mensaje de voz ; sonaba tan feliz, con esa felicidad que me dolía porque yo no era la razón de ella. Es curioso descubrir que sentimientos tan ennoblecidos, como el amor y la felicidad, cobran un significado sombrío cuando te desprecias a tí mismo. Creo que lo bueno de bajar en la estación final es que muchas cosas te son reveladas por fin, esas cosas que a nadie podrás contar porque no hay forma de retroceder, y si la hubiere, no valdría la pena decirlas. Hay palabras que solo cobran valor en el más absoluto silencio.
La noche me recordaba tanto a esa primera noche en que fingió quererme, fue un instante grato,amargo y lacerante al mismo tiempo. Me dije que los buenos recuerdos siempre me han dolido más que los malos, pues no hacían más que refregarme en el rostro los milagros que ya no volverían a repetirse. Y así fue. Tal como esa noche, un beso.
Su boca de carmín fue reemplazada por una bala certera y bastó solo eso para apagar el sufrimiento.
Puede que los milagros existan, ya que estoy escribiendo esta confesión inútil desde otra ciudad a la que jamás imaginé arribar. No era aquella la estación final,pero está bien; por alguna razón el dolor se ha esfumado,sin embargo las memorias me siguen a todas partes. ¿Era este el Cielo del que me hablaban? Tal vez. Solo puedo decir que cada noche,al dormir, sueño con la vida en el mundo terrenal y vuelvo a llorar,esperando esos brazos que me consuelen.
Sabe tan extraño cargar esa pieza de metal, ensamblando sus partes,cargando la recámara lentamente como en un juego infantil. Una sensación de montaña rusa suspendida sobre un gran abismo,sin segunda vuelta. Escuché por enésima vez su último mensaje de voz ; sonaba tan feliz, con esa felicidad que me dolía porque yo no era la razón de ella. Es curioso descubrir que sentimientos tan ennoblecidos, como el amor y la felicidad, cobran un significado sombrío cuando te desprecias a tí mismo. Creo que lo bueno de bajar en la estación final es que muchas cosas te son reveladas por fin, esas cosas que a nadie podrás contar porque no hay forma de retroceder, y si la hubiere, no valdría la pena decirlas. Hay palabras que solo cobran valor en el más absoluto silencio.
La noche me recordaba tanto a esa primera noche en que fingió quererme, fue un instante grato,amargo y lacerante al mismo tiempo. Me dije que los buenos recuerdos siempre me han dolido más que los malos, pues no hacían más que refregarme en el rostro los milagros que ya no volverían a repetirse. Y así fue. Tal como esa noche, un beso.
Su boca de carmín fue reemplazada por una bala certera y bastó solo eso para apagar el sufrimiento.
Puede que los milagros existan, ya que estoy escribiendo esta confesión inútil desde otra ciudad a la que jamás imaginé arribar. No era aquella la estación final,pero está bien; por alguna razón el dolor se ha esfumado,sin embargo las memorias me siguen a todas partes. ¿Era este el Cielo del que me hablaban? Tal vez. Solo puedo decir que cada noche,al dormir, sueño con la vida en el mundo terrenal y vuelvo a llorar,esperando esos brazos que me consuelen.


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